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El regreso no existe: la odisea de volver a Argentina en primera persona

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En medio de las historias de cientos de cordobeses que están varados en el exterior como consecuencia de los cierres de fronteras dispuestos por los países ante la pandemia del coronavirus, también están aquellos que estaban en tránsito en sus vehículos y fueron sorprendidos por estas medidas.

Este es el caso de un cordobés, José Santiago, quien recorre el país y Latinoamérica a bordo de un motorhome en el marco de un proyecto solidario de lectura.

Quiso el destino que el endurecimiento de las restricciones lo encontrara a él, su pareja y varios argentinos en Brasil. Este es su relato de cómo fue todo el operativo para poder volver a la Argentina, incluido el rechazo en su propia tierra, en el pueblo donde debían cumplir la cuarentena

Un hombre flaco con barba de varios días se ríe. No lleva casi nada encima, salvo unas ojotas en los pies. Parece de las personas que viven en la calle y revuelven en la basura. No lo vemos llegar y se aparece de imprevisto por la puerta trasera de la camioneta.

 

-Hay que tomar mucha caña. Yo estudié cuestiones hospitalarias. Y el alcohol hace que el virus salga por los poros de la piel- dice mirándonos convencido.

Después rompe en carcajadas. Se despide en un portugués enmarañado alejándose por las calles de Caiobá, ciudad costera del estado de Paraná al oeste de Brasil. Allí las playas son anchas, olas continúas y están vigiladas por edificios que no invaden el paisaje como en Camboriú.

En ese país la pandemia del Coronavirus, decretada por la Organización Mundial de la Salud, es un mal lejano. La gente anda tranquila por la playa, no hay aislamiento obligatorio decretado a nivel nacional y los restaurantes permanecen abiertos. En el mundo los muertos se cuentan de a miles pero el presidente Jair Bolsonaro pide no exagerar: “es una gripecita”, declara en los medios de comunicación.

Los índices epidemiológicos marcan lo contrario. Brasil es el país con más contagios y muertos de Sudamérica: 2985 casos de infectados, 77 muertos hasta el 27 de marzo. Alertados por la propagación mundial del virus –y ante la inacción del presidente- los gobernadores de los Estados toman medidas por su cuenta y cierran shoppings, galerías comerciales y suspenden las clases de todos los niveles educativos.

Todo lo contrario ocurre en Buenos Aires. En la noche del jueves 19 el presidente argentino Alberto Fernández anuncia por DNU el aislamiento obligatorio. A partir de las 0 horas del viernes 20 nadie podrá salir de sus casas y quienes circulen en la vía pública deberán mostrar argumentos sólidos.

Miedo. Tenemos miedo porque las noticias abruman y hay que decidir en cuestión de horas. No estábamos de vacaciones, vivíamos en “modo viaje” desde mucho antes que se decretase la pandemia. Ahora decidir implica romper planes, pausar proyectos de vida o cambiarlos de golpe y entrar en la boca de la incertidumbre que angustia

¿Opciones? Quedarse en Brasil –donde los especialistas la señalan la próxima Italia sudamericana por los muertos que habrá- y alquilar una casa el tiempo que dure el desastre. Una señora, apiadada por la situación, nos pidió 2150 reales por un mes, o sea 38.700 pesos argentinos una casa con cuatro ambientes. Había más barato, claro pero no mucho y eso para nosotros era imposible de costear.

La segunda opción es regresar a Argentina con los riesgos que implica: que las rutas provinciales del país estén cerradas, que los motores de las camionetas soporten horas y horas de viaje, que la frontera esté abierta o que el cansancio del manejo no nos haga tumbar en la noche.

Viernes 20 de marzo. Cuatro personas deambulan por las calles de Caiobá preguntando precios de alquileres de casas, monoambientes y campings. La búsqueda incluye recorrer 70 kilómetros desde Caiobá hasta Paranaguá, siempre pegaditos al mar, en procura de cambiar algunos dólares para tener reales (moneda local) y poder pagar un posible alquiler, peajes y comidas. Antes, durante y después la decisión de volver a Argentina será inestable: nos quedamos o nos vamos, regresemos o esperemos, nos vayamos…

La decisión definitiva se aproxima. Mejor regresar a territorio argentino para estar cerca de los nuestros aunque no podremos abrazarlos. Primero habrá que hacer 100 kilómetros desde el mar en Caiobá hasta Curitiba –capital del estado de Paraná- y al otro día, temprano, encarar hacia la frontera. La realidad nos alumbra la mejor opción. Las casas de cambio están cerradas en Matinhos y Paranaguá.

Los bancos no cambian dinero porque recién ahora Brasil percibe el peligro y todo empieza a dejar de funcionar. Queda cambiarle plata a un taxista de bermudas en una vereda cualquiera y confiar. Él en nosotros y al revés. Curitiba nos espera porque el regreso ahora sí es un hecho.

De Curitiba la salida es el sábado 21 de mañana. La dejamos atrás en línea recta por ruta 277 rumbo a Puerto Iguazú para cruzar la frontera. Nos esperan más de 20 horas de manejo con paradas tan dosificadores como necesarias.

Frenamos pasado el mediodía en una estación de servicio todavía en tierra brasilera. Hay gente con barbijos, tres potes de alcohol en gel en la entrada del Market y policía rodoviaria repartiendo volantes preventivos al costado de la carretera. Mientras almorzamos una mujer rubia, no más de 45 años, camina nerviosa. Va y vuelve todo el rato con gesto adusto por el local gastronómico. Después, cuando estiramos los músculos en el estacionamiento, la vemos de nuevo. Abre la puerta de su camioneta y, en el asiento trasero, vemos un bulto con pies cubierto con una colcha. La sugestión hace su trabajo y pensamos lo peor.

A mitad de camino la hoja de ruta cambia. Las noticias cuentan que en Puerto Iguazú –frontera de Misiones en lado argento- el colapso de gente pugnando por entrar va en aumento minuto a minuto.

-Probemos por Dionisio Cerqueira y entrar a Argentina por Bernardo de Irigoyen- propone uno de los cuatro y los dedos grasosos se mueven por las pantallas de los celulares. Vemos la ruta por Google Maps sin saber si el tramo está en buenas condiciones. Otra vez la incerteza, el cambio de plan y la sombra del miedo.

-Vamos- definimos y las camionetas apuntan hacia el nuevo destino.

Cerqueira parece un pueblo olvidado. Ninguna luz, sin gente en las calles y locales cerrados. La Policía Federal de Brasil sella los pasaportes, nos dice adiós y ahora viene lo más difícil: entrar a Argentina. En el enlace que une Cerqueira-Irigoyen no hay filas de auto ni caos. Respiramos aliviados. Estamos a más de 1400 kilómetros de Saladillo, destino final en provincia de Buenos Aires.

Completamos la declaración jurada del Ministerio de Salud de la Nación y asignamos el domicilio para cumplir la cuarentena. Una casa deshabitada para no exponer a otras personas. Todos los papeles en reglas para continuar. Nos toman la temperatura y ninguno registra fiebre ni síntomas compatibles con el Covid -19. Terminamos el trámite Migratorio y, cuando la contractura mental y psicológica de haber conducido en situación extrema parece disolverse, un efectivo policial muy joven y delgado, también con barbijo, nos avisa:

-Por decreto tiene 4 horas para abandonar Misiones.

Lo miramos con ojeras en los rostros y el cuerpo destemplado del sueño y los nervios. Cuatro horas para cruzar una provincia de rutas sinuosas en medio de la noche de un sábado 21 de marzo agotador.

-Son más de las 10 (de la noche)- dice uno de nosotros y la duda nos estruje la garganta. Hay dos opciones: quedarse en el limbo migratorio sin sellar el ingreso a Argentina –y correr el riesgo de amanecer ya con la frontera cerrada- o avanzar a oscuras por la Mesopotamia. La segunda opción se impone sin objeciones.

La ruta 14 de día es una fiesta que nadie debería perderse. Por su geografía inconmensurable y verdosa de camino ondulante con flora variada y curvas zigzagueantes. La ruta 14 de noche y con el Coronavirus perturbándote la cabeza es un trayecto enigmático con un tramo de ripio ideal para romper tren delantero o pinchar rueda. Todo negro alrededor, salvo por un cielo magistral, limpio como a estrenar y sin smog ganado por estrellas brillantes.

Con el humano confinado en su casa la naturaleza tiene garantías. Apenas si cruzamos un par de camiones y nada más. En la ruta aparecen gatos monteses y otros animales autóctonos que andan a salvo y libres, como deberían estarlo siempre. Las camionetas –acostumbradas a no hacer más de 100 kilómetros por día- avanzan sin chistar. Ninguno lo dice, pero los cuatro no le rezamos a algún dios sino a varios para que el motor resista, para que las mangueras resistan, para que todos resistamos.

-Hay que llegar a Corrientes y vemos- dice uno de los conductores en un parate del camino.

-Dice que allá ya no dejan pasar a nadie- avisa una de las chicas mirando su celular.

-Vamos, ya estamos en esta- contesto y todos regresamos a los autos.

La entrada a Corrientes se concreta a las 4 de la madrugada del domingo 22. Un puñado de Gendarmes nos pregunta de dónde venimos y a dónde vamos. Nos dejan dormir al costado de la ruta. Serán cuatro horas de sueño liviano, tembloroso, insuficiente. Por la mañana el objetivo será atravesar Corrientes y llegar a Entre Ríos, mínimo. ¿El destino final? Saladillo, a más de mil kilómetros. ¿Por qué ahí? Porque hay una casa en el campo, deshabitada y nadie correrá riesgos.

Corrientes amanece calurosa. Hay fatiga y esperanza. Desconcierto de domingo y un objetivo fijo: cruzar Corrientes y Entre Ríos de un tirón para respetar las instrucciones de los organismos nacionales. Llegar a Buenos Aires sería lo óptimo.

Cuando todavía nos desperezamos, un hombre con portafolio se acerca a los motorhomes.

-Soy de la Prefectura. Estoy a pie. Me podrían alcanzar- pide y la respuesta, aunque no quisiéramos darla, es unánime: ¡nooo!. Y le explicamos la imposibilidad de transportar personas por carecer de cintos de seguridad traseros. Si nos descubren violaríamos una ley de seguridad vial y no estamos para retos ni multas.

En ese lapso habrá controles policiales. Pedido de documentación personal y de los vehículos y conducción a velocidad constante para llegar cuanto antes.  En un cartel se lee Paso de Libres, 350 km. Pienso en rostros anónimos que deben estar en otro de los pasos fronterizos entre Brasil y Argentina tratando de hacer lo que nosotros procuramos: “llegar a casa”.

Lo que viene a continuación es un espacio monótono. La 14 aburre en el tramo  de Corrientes. En un intervalo frenamos. Compramos fiambres y comimos. ¡Error! Al cabo de unos minutos estamos rodeados de patrulleros y agentes de seguridad y salud. Nos toman los datos en un pueblo de nombre De la Cruz. “Para control”, explican. Subimos a las combis. Entendimos el mensaje. Hay que irse.

Duele la rodilla derecha flexionada y apoyada sobre el acelerador tantas horas consecutivas. Inquietan los mensajes en Whats App de familiares y amigos que preguntan si pudimos cruzar la frontera y horas después, en otros mensajes, si en Misiones nos dejaron pasar, y al rato si ya cruzamos Corrientes.

Aterra pensar en la salud de los seres queridos, aterra pensar que podemos andar con el bicho a cuestas a la espera del primer síntoma. El viento rutero no alcanza a espantar fantasmas; las preguntas sobre el presente y el futuro pican como balas. Atrás quedan tres provincias cuando los vehículos le dan la espalda a un puente monumental: Brazo Largo. Kilómetros después Buenos Aires, también desierta, nos espera en brutal silencio.

De Zárate a Campana agarramos una ruta en malísimo estado. Un auto de vidrios polarizados aparece de golpe, se nos pone al lado, no avanza ni pide lugar para avanzar. Me cierra el paso. Hay pánico sobre el pánico. Acelera de golpe hasta desaparecer. Buscamos el cartel que indique la ruta 6 camino a Saladillo con los huesos cansados, la vista ardida. Para entonces las camionetas han mordido la banquina varias veces. Saladillo está cada vez más cerca.

El ingreso a Saladillo es normal hasta doblar en un acceso interno. Un retén de seguridad y salud nos apunta con linternas. Al menos tres personas mueven sus brazos desesperadas, todas con barbijos, indicándonos que frenemos al costado de la calle. Las preguntas entran por las ventanillas a toda prisa. Otra vez nos toman la temperatura, nos piden identificaciones y firmamos una cédula de notificación del Ministerio de Seguridad. Volvemos a ratificar el domicilio dado en Declaración Jurada de frontera para cumplir el aislamiento obligatorio por venir de país de riesgo.

Minutos después alguien de los cuatro abre una tranquera de madera. El campo a las 4 de la mañana es todo negrura interrumpida sólo por los faroles de las camionetas. Recién entonces algo adentro mío se afloja y en un remolino de imágenes incoherentes, tropezando unas con otras, entre tanta incertidumbre, me llega una frase nítida leída alguna vez: “El regreso no existe”. De nuevo la literatura sacándome a flote, dándome un piso donde hacer pie.

Mañana, cuando despierte, buscaré a quién le pertenece. Mañana es una forma de decir porque son las 6 de la mañana del lunes y en un puñado de horas todo volverá a explotar en nosotros.

Cerca del mediodía, del lunes 23, una persona se acerca por un terreno lindero a la casa en donde estamos aislados. Toma imágenes sin avisarnos y desde hace rato transmite en Facebook Live para un medio de comunicación local. Opina y establece conjeturas con una vecina que denunció nuestra presencia y abre interrogantes sobre nuestro ingreso al pueblo. Luego nos hace preguntas (sin avisar que es una entrevista) y mucho menos que está transmitiendo en vivo. Su audiencia manifiesta miedo, creen que hemos violado protocolos, que nadie nos controló, que somos de Brasil y que estuvimos en un mercado de la ciudad que jamás pisamos en verdad. En el chat del video llueven advertencias, condenas sociales de algunas personas e información imprecisa sobre nuestro proceder.

Un lunes cargado de angustia y ansiedad. Tememos por represalias. La situación después se aclara gracias a un comunicado que escribimos a las apuradas y la calma se afirma con la explicación de las autoridades de Saladillo, desde el Intendente hasta la policía y los organismos de salud.

La odisea del viaje parece aquietarse. La frase –“El regreso no existe”- vuelve a mi cabeza y la busco en los archivos de la computadora. Pertenece al escritor Héctor Tizón en su libro La casa y el viento.

El fragmento dice así: “Tampoco yo lograba ser otro porque me había llevado la casa a cuestas. Quitármela de encima me costó esta novela, y empecé a estar seguro de ello cuando estuve convencido de que nada vuelve, que el regreso no existe”.

‘El regreso no existe’, me repito ahora y empiezo a escribir:

-Un hombre flaco con barba de varios días se ríe. No lleva casi nada encima, salvo unas ojotas en los pies. Parece ser de las personas que viven en la calle y revuelven la basura.

 

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Quini 6: los números ganadores del sorteo 3.033 del miércoles 8 de febrero

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Los miércoles y los domingos se sortea el Quini 6 en la Argentina. Conocé los resultados del sorteo, cuál fue el pozo millonario y todo lo que tenés que saber del juego que pertenece a la Caja de Asistencia Social de Santa Fe.

A la espera de la edición de este miércoles, estos son los resultados del sorteo 3.032 del domingo 5 de febrero de 2023.

TRADICIONAL DEL QUINI 6

14 – 16 – 29 – 32 – 36 – 40

En esta oportunidad el pozo quedó vacante con más de $ 96 millones.

Todo lo publicado sobre el Quini 6

LA SEGUNDA DEL QUINI 6

09 – 19 – 25 – 33 – 41 – 44

En esta oportunidad el pozo quedó vacante con más de $ 96 millones.

LA REVANCHA DEL QUINI 6

12 – 22 – 25 – 30 – 38 – 41

En esta oportunidad el pozo quedó vacante con más de $ 289 millones.

SIEMPRE SALE DEL QUINI 6

00 – 01 – 11 – 17 – 20 – 28

En esta oportunidad hubo 34 ganadores que embolsarán más de $ 1 millón cada uno.

¿Qué es el QUINI 6?

Se trata de un juego poceado. Esto quiere decir que el monto que se ofrece en premios (pozo) es variable, y corresponde a un porcentaje de lo recaudado. Pertenece a la Caja de Asistencia Social de Santa Fe y se desarrolla desde 1988, siendo desde ese momento el juego favorito de todos los argentinos.

¿Cómo se juega al QUINI 6?

El apostador elige al azar 6 números sobre un total de 46 que van desde el ‘00′ al ‘45 inclusive’ y con los mismos participa de las modalidades que elija. El Agenciero los carga en el sistema de su capturadora de apuestas, entregando un ticket al apostador.

El juego posee 3 modalidades de apuestas:

TRADICIONAL (Primer Sorteo y Segunda del Quini)REVANCHASIEMPRE SALE

Los valores de apuestas, sujetos a actualizaciones, varían entre 60 y 100 pesos, dependiendo de la modalidad.

¿Cuándo se sortea el QUINI 6?

Se realizan 2 sorteos semanales los días miércoles y domingos a las 21.15.

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DEPORTES

“Gran Hermano”: Daniela y Camila descubren algo desagradable en la cama del Conejo

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Este miércoles, mientras hacían una limpieza profunda de las habitaciones, Daniela Celis y Camila Lattanzio descubrieron algo desagradable en la que fue la cama de Alexis “El conejo” Quiroga.

Desde que comenzó a ordenar la habitación de los varones, Daniela se quejaba de la mugre, pero fue Camila quien hizo un hallazgo que las asqueó por completo. “¡No! ¡Mirá esto, boluda!”, le dijo la rubia a la expareja de Thiago dentro de la casa.

Fue entonces cuando Camila le mostró a Daniela que, además de haber encontrado colillas de cigarrillos y mucho polvo, encontró un preservativo usado tirado detrás de la cama. Lattanzio lo tocó para arrojarlo a la basura y se llevó una ingrata sorpresa: “¡Aaaaah! “Estaba abierto! ¡Qué asco, boluda!”.

Mirando a cámara “Pestañela”, se expresó con indignación: “Chicos, cuando tengan relaciones agarren un palelito higiénico y envuelvan las cosas. No sean cochinos”. Mientras que Camila concluyó: “¡Mirá, boluda, esta mugre! Es un asco, boluda. Ay, qué acabo de tocar”.

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CAPILLA DEL MONTE CLIMA