Alejandra Jáidar, la primera física mexicana y su rol clave para que México albergara uno de los aceleradores de partículas en operación "más antiguos del mundo"

2026-07-17 12:45:29 - MUNDO

Fueron lágrimas de alegría las que Alejandra Jáidar derramó cuando atendió esa llamada.

Al otro lado de la línea, en el Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), estaba el físico Eduardo Andrade, quien -conmovido- le contaba que el acelerador de partículas había comenzado a funcionar.

La emoción de la científica "se propagó como fuego" entre quienes se encontraban con ella, cuenta Leonardo Patiño, uno de sus sobrinos, en el documental "Cartas a Alejandra".

Ya estaba anocheciendo y Leonardo y su madre ayudaban a cuidar a Alejandra, que padecía un cáncer.

Para Leonardo, presenciar esa llamada fue atestiguar un momento de "emotividad humana y académica".

No solo era escuchar en la voz de su tía la satisfacción de que un objetivo se había cumplido, sino que quien la llamaba -"tan involucrado como ella para que eso pasara"- le trasmitiera "amor diciéndole: 'eso es tu obra'".

Esa llamada ocurrió a finales de julio de 1988. En septiembre de ese año, Alejandra moriría. Tenía 51 años.

"En mi familia no somos muy religiosos", le cuenta a BBC News Mundo su hijo Arturo de Alba.

"Al mausoleo de mi madre he ido poco, pero cada vez que voy a México, voy al Instituto de Física y ahí es donde siento que ella está".

Esta es la historia de una de las científicas más destacadas de México, cuyo legado es muy posible que te haya tocado a ti o a alguien que conoces.

El padre de Alejandra Jáidar Matalobos había llegado a México, junto a su familia, procedente del Líbano.

"Fueron inmigrantes de primera generación. Mi abuelo y sus hermanos eran muy empresariales y desde jóvenes se dedicaron a los negocios", cuenta Arturo.

En Veracruz, José Teodoro Jáidar Jacob conoció a Guadalupe Matalobos de la Flor. Se enamoraron, se casaron y tuvieron cuatro hijos: Alejandra, Julieta, Isabel y Pedro.

"Mi mamá nació en el Puerto de Veracruz y eso influyó en su personalidad. Veracruz es famoso por ser el más caribeño de los estados mexicanos, hay mucha alegría".

Le gustaba tocar el piano y cantar. Entre sus compositores favoritos estaba Chopin y, también, Agustín Lara.

"Algo muy formativo para ella fue una mina de mercurio que tuvo mi abuelo en Guerrero. Ella pasó mucho tiempo ahí", recuerda su hijo.

Como la mayor de los hermanos, asumió varias responsabilidades, entre ellas, conducir.

"No solo era su deseo de independencia, sino también porque mi abuelo la mandaba, a los 15, 16 años, con lo que llaman 'la raya' a pagarle la nómina a los trabajadores de la mina".

Y en una ocasión hizo lo impensable para algunos de los que trabajaban allí.

"En esa época, en México, decían que la mina se ponía celosa", le cuenta a BBC Mundo Yareli Jáidar, sobrina de Jáidar.

Es decir, si la mina estaba en pleno proceso de producción, ninguna mujer debía entrar a ella porque se creía que, si alguna lo hacía, la mina, por puros celos, dejaría de generar materiales.

"Alejandra se disfrazó de hombre para poder entrar y la cacharon. Fueron a buscar a mi abuelo y le dijeron que tenía que salirse".

Esa fue solo una anécdota.

"Todos la adoraban, para ellos era 'la señorita Alejandra'".

Para Arturo, su abuelo fue una persona de "muchas contradicciones".

"Mandaba a mi mamá sola por la carretera de Guerrero con dinero, pero no quería que tuviera novio".

"Ella era una mujer muy independiente, era como un torbellino".

Y, además, una apasionada por el conocimiento que encontró su destino en la ciencia.

El padre de Alejandra no quería que estudiara Física porque le parecía que se trataba de una carrera para hombres.

Así que le tocó convencerlo y lo logró.

Le dio un automóvil para que se fuera directamente de la casa al estacionamiento de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Y, después de las clases, debía regresarse, también, directamente a la casa.

"Eso, en la mente de mi abuelo, ya era el 80% del peligro", contó entre risas Arturo, en el programa "Vindictas" de TV UNAM.

Lo cierto es que Alejandra no solo se abrió su propio camino, sino el de sus hermanas.

Y es que a su padre "tampoco le parecía" que su otra hija estudiara, contó su sobrino Leonardo en el documental "Cartas a Alejandra", realizado por el Instituto de Física de la UNAM (IFUNAM).

"Alejandra, para el desarrollo de mi mamá, se enfrentó a mi abuelo y le dijo: 'Yo ya luché contigo para poder estudiar, Isabel no va a luchar, si ella quiere estudiar lo que sea, va a estudiar lo que sea'".

Así, las tres hermanas cursaron sus estudios universitarios.

Fueron mujeres que "nunca le pidieron permiso a nadie para hacer nada. Crecí con la imagen titánica de Alejandra, de mi mamá, que fueron investigadoras de altísima calidad sin que eso, en ningún momento, comprometiera su calidad como madres, como tías".

Alejandra Jáidar ingresó a la UNAM con 17 años y se graduó en 1961 con una tesis sobre física nuclear experimental.

Se convirtió en la primera mujer graduada en Física en México, pero al recibir su título algo llamó su atención: decía "Físico".

"Entre la comunidad académica se recuerda que Jáidar defendió con firmeza, ante las autoridades universitarias, que su título dijera Física y no Físico", le señala a BBC Mundo María de la Paz Ramos Lara, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.

"Con ello marcó un precedente para otras carreras tradicionalmente masculinas, abriendo camino hacia un reconocimiento más justo de las mujeres en la ciencia".

Alejandra desafió los estereotipos de una época en la que a las mujeres se les encaminaba principalmente para que fueran educadoras, señala la experta.

Realizó estudios en el Laboratorio Chadwick, en Inglaterra, y en la Universidad de Maryland, en Estados Unidos.

"Durante toda su carrera se centró en investigar cómo se podían aplicar los métodos y técnicas de la física nuclear como herramientas de análisis en otros campos de la física", indica TV UNAM.

En la Facultad de Ciencias de esa universidad, Jáidar se convirtió en un referente.

No solo ejerció como profesora, coordinadora de los laboratorios de Física, jefa del departamento de Física Experimental, sino que fue clave para que esa universidad acogiera una máquina que llegó a ser emblemática.

Los aceleradores de partículas son máquinas que, como su nombre lo indica, aceleran e impulsan partículas subatómicas y, eso, les permiten a los científicos analizar fenómenos físicos.

La UNAM ha contado, desde 1954, con seis aceleradores de bajas energías.

Ese tipo de aceleradores, que fueron fundamentales en los estudios experimentales sobre el núcleo atómico, se usan para, por ejemplo, análisis de materiales y aplicaciones en medicina.

Tres de los aceleradores de la UNAM han sido del tipo Van de Graaff (VDG), llamado así en honor a su creador, el físico estadounidense Robert Jemison van de Graaff. Se trata de dispositivos que usan haces de iones para realizar estudios.

En 1984, la Universidad Rice, en Estados Unidos, le ofreció a la UNAM donarle su acelerador Van de Graaff de 5.5 MV (5.5 millones de voltios).

"La donación venía con una condición apremiante: el acelerador debía retirarse de inmediato", escribió el físico Eduardo Andrade en el artículo "Historia y segunda vida del Acelerador Van de Graaff de 5.5 MV del IFUNAM", de la Sociedad Mexicana de Física.

Como esa donación fue totalmente inesperada, el IFUNAM no tenía presupuesto para los gastos que implicaba desensamblar el acelerador, embalarlo y trasladarlo, construir un edificio para su instalación y volver a ensamblarlo.

Hablamos de un aparato que pesa alrededor de 70 toneladas.

Aunque varias personas impulsaron el proyecto, el ímpetu de Alejandra fue decisivo.

"Gracias a su gran capacidad de liderazgo y negociación, la Dra. Alejandra Jáidar, jefa del Departamento de Colisiones, consiguió apoyos financieros de diversas instituciones", escribió Andrade.

La física fue clave para que se construyera el edificio donde se instalaría el acelerador, el cuarto en la historia de la UNAM.

Y llegó el día de julio de 1988 y el momento con el que iniciamos este artículo.

Después de que el físico y su grupo observaron emocionados la primera actividad del acelerador, de que miraron "por primera vez la luminiscencia del impacto de los protones", él la llamó "de inmediato".

Se trata de un acelerador con más de 70 años de historia, los primeros 30 los pasó en la Universidad de Rice y ya lleva 42 en la UNAM.

"Es probablemente, uno de los aceleradores en operación más antiguos del mundo", escribió el investigador.

El físico Efraín Chávez dirige, junto a Eduardo Andrade, el laboratorio en la UNAM donde está el acelerador.

Le cuenta a BBC Mundo que cuando se planteó la donación, su colega Jáidar vio inmediatamente la gran oportunidad que representaba para México tener un dispositivo de ese tipo.

"Se percató de que era algo que valía la pena apoyar sin tener que involucrarse demasiado en la parte técnica, científica, y se alió con el doctor Andrade, que era la cabeza visible del proyecto".

Fue una de las artífices de que "se pudiera lograr todo el proyecto en su conjunto".

Chávez ingresó al IFUNAM en 1984, cuando Jáidar "ya era una institución".

Recuerda no solo su interés por tratar de resolver algunas de las preguntas más fundamentales de la ciencia, sino su postura "con los pies en la tierra", consciente de presupuestos y de la importancia de rendir cuentas.

"A la larga, nos dio la posibilidad de entender el significado de pertenencia, de soberanía".

"Alejandra hizo muchísimo más por nosotros y este laboratorio de lo que nunca se podrá saber".

Y es que evoca la época en que los investigadores de física nuclear experimental pasaban temporadas en centros académicos de Estados Unidos y Europa porque en México no había un laboratorio para ese tipo de estudios.

Esas colaboraciones les permitían participar en estudios y publicar artículos científicos.

El profesor recuerda que Jáidar le decía: "Está muy bien, pero los quiero ver aquí, quiero ver que hagan algo así aquí".

"Si me escuchara" -dice el físico- "tendría el gusto de decirle: 'Aquí estamos'".

De acuerdo con el científico, en los últimos 12 años, ese laboratorio ha estado vinculado a más de 200 trabajos de investigación.

"Cualquier país que busca independencia tecnológica necesita aumentar el número de profesionales dedicados a la investigación científica", escribió la académica mexicana en el artículo "Compartir el conocimiento científico es divulgarlo", de la Revista de la Sociedad Mexicana de Física.

El auditorio de la biblioteca del IFUNAM lleva el nombre de Alejandra Jáidar. Allí también hay un busto en su honor y se creó el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia que también lleva su nombre.

Y es en esa área donde varios expertos ven la principal contribución de la física.

"El mayor aporte de Alejandra Jáidar fue transformar la divulgación científica en México, en una época en que los propios científicos la consideraban ajena a su labor", señala la investigadora María de la Paz Ramos.

Alejandra invitó a investigadores de diversas disciplinas a escribir libros en español teniendo en mente al público en general.

Junto al Fondo de Cultura Económica, creó la colección "La Ciencia desde México" que ahora se conoce como "La Ciencia para Todos".

De acuerdo con Ramos, la serie se ha convertido en "un pilar de la formación no formal de miles de lectores, especialmente jóvenes que han encontrado en ella la inspiración para seguir una vocación científica".

Siendo un niño, Arturo de Alba recuerda algunas de las conversaciones telefónicas de su madre.

"Oí varias en las que hablaba con los científicos, los hacía convertirse en voluntarios para escribir los libros y ellos terminaban haciéndolo".

"No solo era el cariño que le tenían, sino que creían en el proyecto. Después se dieron cuenta de su relevancia".

Algunos eran amigos cercanos, otros no. "Mi mamá los convencía, no había quien dijera que no", añade entre risas.

Arturo recuerda que la colección llegó a ser tan exitosa que se expandió y empezó a incluir autores de otras partes de Latinoamérica.

También evoca la época, en México, en que se empezaba a hablar de la fuga de cerebros.

"Mi mamá decía que la más grande fuga de cerebros en el país no era al extranjero, sino a la cocina".

No era una afronta a la cocina, explica. "A mi madre le gustaba cocinar". Se refería a que muchas mujeres no podían estudiar o continuar con sus estudios por las predisposiciones sociales o porque debían dedicarse 100% al cuidado de sus hijos y de sus hogares.

Alejandra quería ver a más mujeres dedicadas a la ciencia, con más oportunidades para desarrollar sus intereses, sus carreras.

En medio de sus tantas actividades profesionales, Arturo recuerda que su madre estuvo "muy, muy presente" en su vida y en la de sus dos hermanos, Alfredo y Alberto, a quienes concibió con su esposo, el también físico, Edmundo de Alba.

Y le rinde un tributo no solo a ella y a su impresionante capacidad para resolver muchos asuntos por teléfono, sino a una de sus tías.

"Ella ayudó a que mi madre pudiese mantener muchas de sus labores profesionales. Eso quizás se pierde en la historia. Mi tía no tuvo hijos y se dedicó a sus sobrinos. Nos cuidaba y, así, mi mamá se podía ir a trabajar con plena tranquilidad".

Yareli, sobrina de Alejandra, no solo evoca a la física como el referente de "una mujer que todo lo que se proponía lo lograba", de que "las mujeres pueden estudiar lo que quieran" y de que la ciencia debe ser accesible para todos.

También tiene recuerdos más personales.

"De niña, con 8 años, quedaba hipnotizada al verla desmaquillarse, peinarse, vestirse con huipiles".

"En México, hablamos de 'la mamá gallina', ella juntaba siempre a la familia, las navidades eran en su casa, siempre estaba rodeada de amigos".

El 23 de septiembre de 1988, Alejandra Jáidar murió.

"Lo hemos trabajado mucho", me cuenta su hijo sobre el duro golpe.

"En un plano más personal, su ausencia nos hizo mejores personas, de una forma extraña, nos hizo apreciar el tiempo y las amistades".

Fuente: trib.al