Es muy probable que no haya otro partido en la historia de los Mundiales que haya trascendido tanto el fútbol como un Argentina-Inglaterra.
La rivalidad no comenzó en 1986. Dos décadas antes, en Inglaterra 1966, la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín en los Cuartos de Final desató una enorme controversia.
El episodio marcó el inicio de una relación tensa entre ambas selecciones que posteriormente fue alimentada por los enfrentamientos de México 1986, Francia 1998 —cuando David Beckham fue expulsado y Argentina avanzó en penales— y Corea-Japón 2002, cuando Beckham encontró revancha anotando el penal que dio el triunfo a los ingleses en fase de grupos.
Cada enfrentamiento entre ambas selecciones inevitablemente conduce al 22 de junio de 1986, cuando Diego Armando Maradona transformó unos Cuartos de Final, en el mítico Estadio Azteca, en una historia que mezcló deporte, política, orgullo nacional y uno de los mayores actos individuales jamás vistos en una cancha.
El Mundial de 2026 vuelve a reunirlos, ahora en Semifinales, pero en un contexto profundamente distinto.
En el '86 era imposible separar el partido de los acontecimientos ocurridos cuatro años antes. La Guerra de las Malvinas, librada en 1982 entre Argentina y el Reino Unido, seguía abierta en la memoria colectiva de ambos países. Aunque los futbolistas insistieron durante años en que se trataba de un partido de fútbol, la carga emocional era imposible de ignorar.
En Argentina, aquel encuentro adquirió un significado que iba mucho más allá de una clasificación a semifinales. Para millones de personas representó una forma simbólica de recuperar el orgullo perdido tras el conflicto bélico.
Maradona fue el rostro de esa historia.
En apenas cuatro minutos escribió dos capítulos opuestos de una misma leyenda.
El primero fue "La Mano de Dios", un gol que debió ser marcado como ilegal, pero que el árbitro tunecino Ali Bin Nasser validó al no señalar que el capitán argentino había golpeado el balón con la mano izquierda ante la salida del arquero Peter Shilton.
El árbitro dijo años después que no había podido ver lo sucedido por la manera que ambos jugadores estaban posicionados al momento que ocurrió la jugada.
Esa jugada provocó indignación en Inglaterra y pasó a convertirse en una de las mayores polémicas de la historia del deporte. Años después, el propio Maradona reconocería que aquella anotación representó para él una "venganza simbólica" por la guerra de las Malvinas.
Pero cuatro minutos más tarde llegó algo mucho más grande que la controversia.
Maradona recibió la pelota en su propio campo y recorrió cerca de 60 metros en aproximadamente 10 segundos, dejando atrás a cinco futbolistas ingleses antes de eludir también a Shilton y marcar quizá el gol más extraordinario jamás registrado en una Copa del Mundo.
En 2002, esa obra fue elegida por votación de la FIFA como el "Gol del Siglo". Argentina ganó 2-1 y terminaría conquistando el campeonato mundial.
Aquella tarde convirtió a Maradona en un héroe deportivo, pero también en un símbolo cultural.
Desde entonces, cada vez que Argentina e Inglaterra se enfrentan, el recuerdo de ese partido aparece de manera inevitable.
El escenario que presenta el Mundial 2026, sin embargo, es diferente.
Ya no existe una generación marcada directamente por la guerra. La mayoría de los futbolistas actuales nacieron muchos años después de aquellos acontecimientos.
El actual entrenador argentino Lionel Scaloni y el seleccionador del conjunto inglés, Thomas Tuchel, han evitado alimentar cualquier discurso político, mientras que los propios jugadores hablan de respeto mutuo y de concentrarse exclusivamente en el fútbol, pero el peso de la historia sigue acompañando cada previa y cada conversación alrededor del partido.
Y en el centro de esa nueva historia aparece Lionel Messi.
En 1986, Maradona llegó a ese partido con 25 años y terminó construyendo la actuación más recordada de cualquier futbolista en un Mundial. En 2026, Messi afronta el desafío desde una realidad completamente distinta. Tiene 39 años, ya levantó la Copa del Mundo en Catar 2022, ganó prácticamente todos los títulos posibles y realmente no necesita demostrar nada para ocupar un lugar entre los mejores jugadores de todos los tiempos.
Pero el fútbol siempre encuentra maneras de ofrecer nuevos desafíos.
El capitán argentino tiene ahora la posibilidad de agregar otro capítulo a su legado precisamente frente al rival que convirtió a Maradona en mito.
Messi era apenas un niño cuando comenzó a escuchar una historia que en Argentina se transmite casi de generación en generación. No vivió el Mundial de México 1986, pero creció viendo una y otra vez las imágenes de Maradona dejando atrás a medio equipo inglés en el Estadio Azteca. Aquella actuación se convirtió en una referencia obligada para cualquier futbolista argentino que soñara con vestir la camiseta albiceleste.
Con el paso de los años, el propio Messi reconoció en distintas entrevistas que Maradona fue uno de sus grandes referentes. Maradona fue su entrenador con la selección durante casi dos años entre 2008 y 2010.
Tras el fallecimiento de Maradona en 2020, aseguró que se había ido "un eterno" y recordó que había sido una inspiración para millones de argentinos. También ha dicho en más de una ocasión que las comparaciones entre ambos nunca le preocuparon y que su único objetivo siempre fue ayudar a la selección nacional a ganar títulos, más que competir con el legado de quien llevó a Argentina a conquistar el Mundial de 1986.
Ese objetivo terminó por cumplirse en Catar 2022. Durante años, la carrera de Messi estuvo acompañada por una pregunta constante de que si necesitaba una Copa del Mundo para sentarse definitivamente en la misma mesa que Maradona. La respuesta llegó finalmente en Lusail Stadium, cuando levantó el trofeo que Argentina había esperado durante 36 años y fue elegido el mejor jugador del torneo.
Aquel título cambió la conversación sobre su lugar en la historia del fútbol.
El desafío hoy es diferente. No persigue una reivindicación personal ni busca escapar de comparaciones. Enfrentar nuevamente a Inglaterra representa la oportunidad de añadir otra página a una carrera que parece haber agotado los récords.
Si Maradona convirtió ese rival en el escenario de su obra maestra, Messi tiene ante sí la posibilidad de construir un capítulo propio.
También hay un simbolismo que trasciende los números. Maradona llegó al partido de 1986 como el líder de una selección que buscaba devolverle la ilusión a un país golpeado. Messi afronta esta semifinal como el capitán de una Argentina campeona del mundo, consolidada entre las grandes potencias y con un grupo que ha aprendido a competir bajo la presión de defender el título.
Las circunstancias son distintas, pero la responsabilidad de conducir al equipo en una cita histórica sigue descansando sobre él.
No se trata de repetir la actuación de 1986. Eso es casi que irrepetible. Se trata de escribir una nueva historia.
Mientras Maradona cargó sobre sus hombros el sentimiento de una nación que todavía procesaba las heridas de un conflicto armado, Messi representa una Argentina distinta. Más futbolística que política. Más enfocada en defender un título mundial que en buscar revancha histórica. Su liderazgo se construye desde la calma, la continuidad y una carrera que ha roto prácticamente todos los récords imaginables.
El contraste entre ambos momentos resume también la evolución del fútbol.
En 1986 el mundo discutió durante décadas un gol con la mano que hoy posiblemente habría sido anulado por el VAR. La tecnología cambió el juego, las generaciones cambiaron la forma de entender la rivalidad y hasta el contexto geopolítico es otro. Lo que permanece intacto es el enorme peso simbólico de un Argentina-Inglaterra en una Copa del Mundo.
Porque hay partidos que definen campeonatos y hay partidos que terminan definiendo épocas.
El de México '86 pertenece para siempre a Diego Armando Maradona.
El Mundial de 2026 ofrece a Lionel Messi la oportunidad de prolongar una herencia que ningún otro futbolista argentino ha llevado con tanto éxito desde el "Diez".
Messi no necesita una "Mano de Dios", como tampoco un "Gol del Siglo". A la 'Pulga' le basta con conducir nuevamente a la Albiceleste hacia otro triunfo en una final mundial para que su propio relato continúe.
La rivalidad sigue viva y aunque las razones ya no son las mismas, el magnetismo hacia este juego en el Atlanta Stadium del miércoles (12 p.m PT, Telemundo) permanece intacto.
Suscríbase al Kiosco Digital
Encuentre noticias sobre su comunidad, entretenimiento, eventos locales y todo lo que desea saber del mundo del deporte y de sus equipos preferidos.
Sign me up.
Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.