El fútbol pasó a ser de los velocistas, salvo que juegue Argentina

2026-07-17 02:46:29 - ARGENTINA

Como si no le resultase suficiente la doble condición de hacer reír y hacer llorar, la selección se esmera por sentirse única. Los rasgos que caracterizan a un equipo de época parecen contradictorios, pero Argentina los hace complementarios. El camino del Mundial dejó claro que sigue siendo lo que mejor funciona en el país. No sólo eso. También funciona contra la corriente, más allá de lo establecido. Distinto a todos.

Es la era del todo ya. En cualquier rubro, nada parece duradero. Hasta las relaciones sociales, en un contexto sobreestimulado, no tienen la profundidad de otras épocas. La selección argentina nunca cae en la ansiedad. No se desespera; es decir, puede jugar con la certeza de que el reloj la corre, pero eso no la va a llevar a perder el foco. Si lanza centros al área es porque de repente encuentra que la vía aérea puede darle las soluciones que antes no. Si se siente presionada por un rival físico y organizado como Inglaterra, tomará confianza tratando de salir limpio desde su arco. Si la eliminación pasó a ser una posibilidad cierta, siempre sentirá que hay margen para dar vuelta una historia negativa. Se toma su tiempo, lo maneja.

Hoy la adversidad genera frustración. Seguramente esté ligado al tema anterior. Se nota en los más jóvenes, menos preparados para el largo plazo. Lo que no resulta de entrada parece que nunca funcionará. Entonces rápidamente se descarta. O directamente genera fastidio, impotencia. El seleccionado recibió un gol cuando pasaba poco en la semifinal de Atlanta; típico desarrollo de gol gana. Inglaterra se había puesto en ventaja sin merecerlo. Para la mayoría de los equipos hubiese sido un golpe letal, una mano suficiente para el nocaut. Bien, Argentina desde ese momento arrolló al calificado rival.

El obstáculo actúa de estímulo. Ya había sentido el viento del abismo contra Egipto cuando, Lionel Messi mediante, lo atacó hasta revertir una ventaja de dos goles. No es nuevo. En Qatar, Países Bajos le había igualado inesperada y agónicamente una diferencia también de dos. En el tiempo suplementario, cuando cualquiera se hubiese derrumbado, mereció largamente el triunfo antes de llegar a los penales. Es un mensaje potente para los chicos, que tanto se referencian en ellos. Si la selección insiste hasta conseguir un resultado, estudiar un tema difícil debe requerir de perseverancia hasta que se entienda.

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Otras sentencias que quedan en revisión son futbolísticas. El deporte no cambió en su generalidad: permanecen las reglas gruesas, las dimensiones de los campos de juego y, cuando surgen novedades como las pausas de hidratación, son criticadas desde adentro. Lo que cambió es el entrenamiento. El jugador tiene otra base atlética, el juego se hizo más intenso. El fútbol pasó a ser de los velocistas, salvo que juegue Argentina. La inferioridad física se compensa con carácter y corazón. Y para hacer diferencia, la que se mueve rápido es la pelota.

Pueden contarse otras características de un equipo contracultural. El líder no ostenta ni se impone a la fuerza. Dentro de la cancha, Messi es un genio y afuera, un hombre común. Siempre querrá ganar, está aferrado a las últimas cuotas de ambición deportiva. Pero eso no lo mueve de su eje y de su perfil bajo. Esa cualidad diversa lleva a que los compañeros sientan devoción por él. Que se sacrifiquen, que incluso los jugadores cotizados brinden un plus en otras tareas. Que lo sientan a la par y, también, que lo levanten en andas para mostrarle al mundo quién es el mejor.

Y hay más. En algún momento del Mundial parecía que el cinturón era de Francia y que Argentina actuaba como retador. El campeón reinante es Argentina que, igualmente, no se comporta como el típico mejor equipo. A veces Lionel Scaloni, en el laboratorio con sus ayudantes, arma la formación y planifica el partido pensando en el rival. La selección trata de imponer condiciones, claro. Pero no tiene problemas en estructurarse en función de las virtudes del adversario.

Una extra: los argentinos somos mucho más hinchas de los equipos. Hasta que llegó este seleccionado que puso en discusión la idea y, por lo menos cada cuatro años, parece igualar el sentimiento. En las plazas, en los clubes de barrio o en cualquiera de los espacios suficientes como para recrear una canchita, se ven más camisetas de Argentina que años atrás. Se cortó la tendencia que venía del fútbol globalizado: más Manchester City o del PSG presente en los pibes que los colores nacionales. Los títulos, obvio, pero también un seleccionado con el que el público se identificó como nunca lo hicieron posible.

Como cierre, el juego específico también dejó un detalle fuera de lo común. A Inglaterra, supuestamente, no se le gana tirando centros al área. México le había facilitado la tarea de esa forma. En desventaja, Argentina buscó con todas las variantes: movió la pelota de costado a costado, probó desde afuera, trató de combinar y también lanzó por arriba. Fueron dieciséis centros en ese lapso, de los que ganó la mitad, incluido el cabezazo ganador de Lautaro Martínez. De la misma forma, Inglaterra luego recargó por arriba para tratar de empatar el 1-2. Buscó diez veces por arriba, no ganó ninguna. Así llegó a la final esta selección que enamoró en Qatar y fideliza en Estados Unidos. El seleccionado que merece el aplauso de reconocimiento y consigue el llanto de felicidad. El que ganó la final más emotiva de la historia y, ahora, busca ganar el Mundial más emotivo de la historia.

Fuente: google.com