En el segundo minuto del descuento, en Atlanta, con el partido empatado y un lugar en la final del Mundial flotando en el aire húmedo de Georgia, Lionel Messi —39 años y 21 días, el jugador de campo más viejo en disputar una semifinal de un Mundial— filtró el pase que Lautaro Martínez transformó en el gol del triunfo contra Inglaterra. Segunda asistencia de la noche; ya había fabricado el empate, convertido por Enzo Fernández, después de que Anthony Gordon pusiera en ventaja a Inglaterra a los 55 minutos. Desde ese momento hasta el final, la Argentina tuvo el 88 por ciento de la posesión. Conviene decirlo con todas las letras, por lo que pasó después y por lo que todos decidieron que significaba.
Lo que pasó después requiere un poco de historia previa. Horas antes del partido, la FIFA había prohibido toda referencia a las Malvinas en el estadio: ni banderas, ni camisetas, ni carteles. La prohibición se decidió en una cumbre de seguridad en Virginia, con participación del FBI, la policía local y delegados de ambas federaciones, y se aplicó en los accesos del estadio. El reclamo por las Malvinas está escrito en la Constitución, cuya disposición transitoria primera ratifica la "legítima e imprescriptible soberanía" de la Nación sobre las islas y ordena que su recuperación se procure por medios pacíficos, conforme al derecho internacional. La FIFA prohibió una frase de texto constitucional argentino.
Pero un hincha de 33 años, del barrio porteño de Villa Luro, decidió intervenir. La tarde del partido, él y sus amigos compraron pintura barata y un pincel en una ferretería de Atlanta, cortaron una sábana del hotel, pintaron "Las Malvinas son argentinas" y la pasaron por el control. Tras el pitazo final, Giovani Lo Celso la levantó del césped; Cristian Romero y Lisandro Martínez la sostuvieron con él para la foto. Ese es el gesto que escandalizó a los países desarrollados: un pedazo de sábana de hotel contra un régimen de censura coordinado con el FBI.
La reacción y sus perpetradores fueron tan predecibles como veloces. Nigel Farage se declaró "asqueado" y exigió que Gran Bretaña "refuerce la Royal Navy cuanto antes". Piers Morgan calificó a los jugadores de "idiotas sin clase" y expresó el deseo de que España los venciera en la final. "Como nosotros los vencimos en la guerra de las Falklands", agregó; una guerra en la que murieron 649 argentinos, muchos de ellos conscriptos jóvenes. Downing Street emitió un comunicado —"El Mundial puede no ser nuestro, pero las Falklands definitivamente lo son"— y el gobierno británico exigió que la FIFA abriera una investigación sobre la vuelta olímpica de un equipo de fútbol.
Un día después llegó la versión políticamente correcta del liberalismo norteamericano. Ishaan Tharoor, un escritor al que durante mucho tiempo admiré, publicó en The New Yorker un ensayo titulado "I Won't Cry for You, Argentina" -"No voy a llorar por vos, Argentina"-, en el que anunció su renuncia a una devoción de toda la vida. "Supongo que muchos verán mi última columna como malhumorada y mezquina", escribió en X. "Me parece justo. Soy hincha de Argentina desde siempre, como decenas de millones en el Sur Global. Pero éste no es el equipo que despierta mi nostalgia de infancia". El argumento es que la Argentina alguna vez supo encarnar el romanticismo y la rebeldía -la revancha del Sur Global contra la historia- y que hoy se ha transformado en algo parecido al establishment: un ganador serial, indigno ya del amor prestado. Tharoor lo dice en la voz de Galeano: si cada gol del Nápoli de Maradona era "una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia", ahora "la Argentina de Messi es el orden establecido, el Goliat que revuelca en el barro las cabezas de los demás". Y sentencia: "Si hay un villano en este Mundial, ha sido la Argentina". New York Magazine ya nos había ungido como el "villano sorpresa" del torneo; el New York Times dedicó una crónica a las naciones que esperan vernos perder.
Soy argentino. Me dedico a estudiar política, y he vivido lo suficiente en los Estados Unidos como para saber cómo se construyen estos relatos y qué poco se verifican sus elementos. Permítanme entonces verificar las piezas. Encuadrar a Argentina como un villano del orden establecido no es meramente poco generoso. Está completamente al revés.
Primero, quiénes quedaron. Los últimos cuatro equipos en pie de este Mundial fueron Inglaterra, Francia, España… y la Argentina. Tres de los imperios más grandes de la historia humana, responsables de las violaciones de derechos humanos cuantitativa y cualitativamente más aberrantes de las que se tenga registro, y un país construido desde los escombros. España nos colonizó; declaramos nuestra independencia de Madrid en julio de 1816, de modo que la final del domingo en el MetLife Stadium cae casi 210 años después de la ruptura. Gran Bretaña, por su parte, invadió Buenos Aires dos veces, en 1806 y 1807, antes de conformarse, 175 años más tarde, con una guerra por las islas. La Argentina es el único país en desarrollo que llegó a las semifinales de este torneo, y llegó desde una sociedad que pasó los últimos tres años en terapia intensiva económica: inflación del 211 por ciento en 2023, pobreza que superó el 50 por ciento de la población en 2024, una moneda que debió ser mantenida con respirador por un salvataje de 20.000 millones de dólares del Tesoro norteamericano. ¿Es este el orden establecido?
A falta de un lugar en el mundo desarrollado e imperial, la Argentina tiene un equipo de fútbol que se niega a morir, y los números merecen más respeto del que les concedió el clima de época. La historia haragana desde Qatar ha sido que Argentina (o ArgenFifa) gana por picardía y generosidad arbitral: cuando ganábamos por penales, era el pulgar de la FIFA en la balanza; ahora que ganamos a fuerza de goles somos matones ("thugs"). El propio Tharoor escribe que la Argentina "se abrió paso a los empujones" y que "se benefició de decisiones arbitrales cuestionables" ante Egipto y Suiza. Pero la Argentina convirtió dos o más goles en 13 partidos consecutivos de Mundial, una racha de fútbol ofensivo sostenido casi sin precedentes en la historia del torneo. Solo en este Mundial, el equipo estuvo dos a cero abajo contra Egipto a poco más de diez minutos del final y ganó 3–2; sobrevivió alargues; respondió al gol de Inglaterra con 35 minutos de posesión casi total y un gol en el minuto 92. Messi lleva ocho goles y cuatro asistencias en el torneo, a una edad en la que la mayoría de sus contemporáneos hace podcasts. Su trayectoria mundialista incluye 21 goles y 12 asistencias en 33 partidos, con 99 ocasiones de gol creadas: el segundo en la historia registrada del torneo es Diego Maradona, con 71. Este desempeño también se sostiene en el talento de jugadores top a nivel global, los Enzo Fernández (Chelsea), Lautaro Martínez (Inter Milán), Julián Álvarez (Atlético de Madrid), Alexis Mac Allister (Liverpool), Cristian Romero (Tottenham) y Lisandro Martínez (Manchester United), por nombrar algunos ejemplos. Sin embargo, el revelador eufemismo "World Class" es sospechosamente evitado cuando se habla de los compañeros de equipo de Messi. Un campeón mundial favorecido, con jugadores de este calibre, no necesita tres remontadas en cuatro rondas eliminatorias. Los números no describen establishment sino la definición del propio Lionel Scaloni: "El fútbol no es solo jugar bien. Es todo: es saber sufrir".
La autopsia de la semifinal es de manual. A las pocas horas, el consenso inglés ya había acordado una historia en la que Inglaterra no perdió el partido sino que lo extravió: Thomas Tuchel lo habría regalado con cambios defensivos; Gary Lineker calificó el planteo de "inexplicable"; el partido, bien administrado, estaba en el bolsillo. Los números cuentan otra historia. El primer tiempo fue parejo -un 0–0 cauteloso, aunque Argentina levemente con más chances antes del 0-1- y, en el total del partido, la Argentina superó a Inglaterra 15 a 5 en remates, 1,84 a 0,53 en goles esperados, y completó 549 pases contra 293. Después del gol de Gordon, la Argentina monopolizó el partido: diez remates más, el 88 por ciento de posesión de pelota. El propio Tuchel describió lo que de verdad había pasado: "Argentina jugó con más riesgo, con más ritmo… De pronto jugamos con la sensación de que teníamos mucho que perder y nos metimos en un bloque bajo". Los bloques bajos se imponen. Pero la estructura del debate inglés se presenta irrefutable: si el técnico traicionó al equipo, o si los jugadores capitularon por su cuenta; sirve el fracaso de cualquiera, con tal de que la frase "Argentina fue mejor" no tenga que pronunciarse jamás. Es el discurso del villano transpuesto a la táctica. En la política como en el fútbol, a la Argentina nunca se le da crédito. Cuando perdemos, es nuestro carácter; cuando ganamos, es error del otro.
La nostalgia también merece escrutinio, porque el romance que Tharoor añora nunca fue políticamente inocente. La Argentina de la que se enamoró el Sur Global ganó su primer Mundial en 1978, de local, bajo un régimen militar, en un estadio a pocas cuadras de la Escuela de Mecánica de la Armada. El amor del mundo sobrevivió a eso. Sobrevivió a 1986, cuando Maradona venció a Inglaterra dos veces en cuatro minutos -una con la mano de Dios, otra con el mejor gol jamás convertido-, cuatro años después de la guerra. "Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas -escribió Maradona en su autobiografía-, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos… Y esto era una revancha, era recuperar algo de las Malvinas". Esa es la nostalgia de infancia. Su contenido real era furia anti-imperial, expresada a través del único instrumento que le quedaba disponible a un país quebrado y golpeado. La bandera de Atlanta no es una traición a esa herencia. Es la herencia.
La comparación con 1998 es reveladora. Saint-Étienne: el slalom de Michael Owen, la roja de David Beckham, la inteligencia de Diego Simeone, los penales. Fue uno de los Argentina-Inglaterra más ásperos de la historia, y produjo dos semanas de muñecos de Beckham colgados por el sensacionalismo británico… y nada de geopolítica. Nadie exigió buques de guerra. Nadie escribió ensayos de renuncia. La diferencia entre 1998 y 2026 es que en 1998 la Argentina estaba atada al dólar, le obedecía al FMI y al Consenso de Washington; su década neoliberal terminó tres años más tarde en el default soberano más grande de la historia, y cuando el equipo quedó eliminado en primera ronda del Mundial 2002, entre los escombros, el mundo volvió a encontrarnos adorables.
Ahí está la clave de todo el discurso: la credencial de underdog se extiende únicamente en la derrota. A la Argentina se la adora cuando pierde con belleza, se la tolera cuando gana por caridad (Qatar fue permitido como regalo de despedida para Messi) y se la resiente cuando gana en sus propios términos, repetidamente, contra los antiguos dueños del mundo. Tharoor pregunta qué pasa cuando el underdog se convierte en el orden establecido. Pero la Argentina no se sumó al establishment; apenas dejó de perder contra él. Son cosas distintas, y que resulten indistinguibles desde las tribunas del mundo rico es precisamente el problema. Matías Baldo, cronista mundialista argentino, lo dijo mejor que nadie en una respuesta a Tharoor que circuló masivamente: "Los poderosos te celebran mientras aceptás el lugar que te asignaron: el del sufrido, el del pintoresco que pierde con dignidad. Pero cuando osás rebelarte, ganar y dejar de pedir permiso, te convierten en villano. No les molesta Argentina: les molesta que ya no sea sometida".
El sostén político del ensayo, sin embargo, es más flojo de lo que sugiere su conclusión: la queja de que Messi, a diferencia del Maradona amigo de Fidel, es "apolítico y circunspecto". Es poca evidencia para convertir a un equipo en emblema de una ideología.
La bandera fue nacionalismo popular. Los argentinos lo entendieron al instante. "Tal vez no lo advertimos ahora, pero algún día nos vamos a dar cuenta de la enormidad de este gesto", escribió Natalia Volosin, abogada formada en Yale, en un posteo compartido decenas de miles de veces. "En la principal democracia del planeta se censuró el reclamo de Malvinas."
Y cuando Messi respondió, no respondió con geopolítica. "Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente", dijo a TyC Sports después de la semifinal. "Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando". El nacionalismo que recorre las tribunas argentinas este verano permeó la grieta. La selección es lo último que peronistas y libertarios alientan en el mismo registro.
Nada de esto exige fingir que el prontuario está limpio. Después de la final de la Copa América de 2024, jugadores del plantel transmitieron en vivo, desde el micro, un cántico sobre los jugadores de Francia que fue racista e indefendible. Enzo Fernández -el mismo que empató contra Inglaterra- pidió disculpas. Lo revelador es lo que pasó después: Julio Garro, subsecretario de Deportes del gobierno, sugirió que el equipo y su capitán le debían una disculpa a la federación francesa, y Milei lo echó en el día, con un comunicado de su Oficina declarando que "ningún gobierno puede decirle qué comentar, qué pensar o qué hacer a la Selección Argentina".
Hay racismo en la sociedad argentina y en su cultura futbolera; hay racismo en todas las sociedades que este torneo toca, incluidas aquellas cuyos panelistas llevan un mes procesando a la nuestra. Mi objeción es al desplazamiento: de criticar un cántico, que corresponde, a convertir a un plantel de 26 -y, detrás, a una nación de 46 millones de personas en su tercer año de trauma económico- en los villanos de un torneo disputado, por lo demás, entre imperios. Eso, más que antirracismo, es el truco más viejo del repertorio colonial: la periferia es siempre la que tiene el problema de carácter.
Y el problema de carácter tiene su correlato y lenguaje futbolero. Escuchen un mes de panelistas en inglés y aprenderán que la Argentina no gana: hace trampa. Las artes oscuras, el cinismo, la viveza: un vocabulario culturalista, más viejo que todos nosotros, en el que los jugadores latinos son astutos y los del norte son competitivos, provocadores mientras los del norte son aguerridos. Este alegato viene de exjugadores, devenidos panelistas de televisión, canonizados precisamente por su violencia: la entrada más famosa de Roy Keane fue una venganza premeditada sobre nada menos que el padre de Erling Haaland -lo confesó él mismo en su autobiografía-, y en Gran Bretaña se revende como leyenda, como carácter, como los buenos viejos tiempos. Nuestras faltas son patología; las suyas, folclore. La máscara está al caer: esta semana el comediante británico Francis Foster publicó un video anunciando, sencillamente, "odio a la selección argentina de fútbol", para regocijo general. Como le respondió el economista argentino Roberto Arias, pongan cualquier otra nacionalidad en esa frase y vuelvan a leerla; el género se identifica solo. Cuando una selección de la periferia convierte dos o más goles en 13 partidos consecutivos de Mundial, vuelve de la muerte tres veces en una misma fase eliminatoria y se apoya en un hombre de 39 años que lleva ocho goles (y contando), la palabra honesta es grandeza. El mercado decidió que la palabra será villanía, porque la grandeza, viniendo de nosotros, no estaba en el guion.
El domingo, en el MetLife Stadium, la excolonia juega contra la exmetrópoli, 210 años después de la ruptura. Tharoor está en su derecho de no mirar; la apostasía es un derecho de todo hincha, y el amor prestado siempre iba a ser devuelto en el momento en que resultara incómodo cargarlo. Pero debería saber a qué está renunciando. El romance nunca consistió en que nuestra pobreza siguiera siendo pintoresca, ni nuestras derrotas nobles, ni nuestra política legible para el exterior. Consistió en que un país que sufrió el peso de la historia -invadido dos veces, endeudado siempre, desaparecido, defaulteado, dado por perdido- insistiera, a través del único instrumento que nunca le embargaron, en que no iba a quedarse sentado. Ese equipo no se fue. Juega el domingo, de celeste y blanco, capitaneado por un veterano que se niega a terminar; y en algún pasillo del MetLife, más allá de lo que prohíban esta vez los controles, alguien va a estar llevando una sábana. Nadie tiene que llorar por la Argentina. Acá nadie está llorando.